OBESIDAD: ¿SEGUIMOS LUCHANDO O EMPEZAMOS A ESCUCHARNOS?
La obesidad se reconoce como una enfermedad crónica y multifactorial pero ¿se tratan realmente todos los factores que intervienen en ella?
Una campaña que invita a reflexionar
Hace unos días vi una campaña publicitaria institucional en televisión que me llamó la atención. Una madre deja un mensaje a su hija. Le cuenta que ha ido al médico y la ha mencionado. Éste le ha explicado que, a veces, el cuerpo se acostumbra a un determinado peso y se resiste a bajar. La madre recuerda “todas esas veces” en las que le decía que tenía que esforzarse más y le expresa su pesar y su amor.
Me pareció un mensaje importante. Por fin se reconoce públicamente que las dificultades para adelgazar no siempre se resuelven con más disciplina, más restricciones o más fuerza de voluntad.
Pero la campaña me dejó una pregunta: cuando decimos a una persona que lucha contra el sobrepeso que acuda a su médico porque su cuerpo puede estar resistiéndose a perder peso, ¿qué tratamiento se le ofrece concretamente en la sanidad?
La medicina reconoce que la obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial. Sabemos que intervienen factores biológicos, metabólicos, psicológicos, conductuales, sociales y ambientales. También sabemos que el organismo puede activar mecanismos de adaptación que dificultan mantener la pérdida de peso.

Sin embargo, reconocer la complejidad de una enfermedad no significa necesariamente abordarla desde una perspectiva verdaderamente integral.
¿Dónde queda la historia emocional de la persona? ¿Qué lugar ocupa su relación con su cuerpo, con la comida y consigo misma? ¿Qué sucede con las creencias profundas que condicionan su comportamiento? ¿Y qué ocurre con los patrones familiares que pueden influir en su manera de vivir y gestionar el sufrimiento?
Estas preguntas nos llevan más allá de la báscula.
El cuerpo no es nuestro enemigo
Cuando una persona no consigue adelgazar, es frecuente que termine culpándose. Interpreta cada intento fallido como una prueba de su falta de voluntad y cada recuperación del peso perdido como un fracaso personal.
Empieza una nueva dieta, se impone nuevas restricciones, intenta controlar sus impulsos y se promete que esta vez lo conseguirá. Pero ¿qué sucede cuando el esfuerzo consciente no basta?
El cuerpo no funciona como una máquina que obedece automáticamente nuestras decisiones racionales. El hambre, la saciedad, el apetito, las emociones y las respuestas al estrés dependen de mecanismos complejos que no controlamos voluntariamente.
Pero hay otra dimensión que merece nuestra atención: la relación emocional que cada persona mantiene con la comida y con su propio cuerpo.
Para algunas personas, comer no responde únicamente al hambre fisiológica. La comida puede convertirse en una fuente de consuelo, seguridad, recompensa o alivio ante emociones difíciles como en el caso de la bulimia. En otros casos como en el de la anorexia, la restricción alimentaria puede estar vinculada a la necesidad de control, al miedo a engordar, a creencias y rechazos familiares y sociales, o a una imagen corporal profundamente distorsionada o deteriorada.
No todas las personas con obesidad presentan estas dificultades, ni existe una única explicación psicológica para el exceso de peso. Precisamente por eso necesitamos comprender a cada persona en su singularidad.
El cuerpo no es nuestro enemigo. Muy al contrario: es el vehículo gracias al cual nuestra mente (consciente e inconsciente) puede percibir y construir la realidad mediante la información proporcionada por los sentidos.
También es el mensajero del inconsciente. La investigación en medicina psicosomática nos confirma que lo que vivimos emocionalmente influye en nuestro cuerpo y que lo que sucede en nuestro cuerpo influye en nuestra vida emocional.
El cuerpo habla mediante gestos involuntarios, sensaciones, síntomas y enfermedades.
Las tres grandes cualidades del cuerpo
El cuerpo es mucho más que una estructura biológica que nos permite desplazarnos, actuar y relacionarnos con el mundo. Es también el lugar donde vivimos nuestra experiencia, donde sentimos nuestras emociones y donde se manifiestan muchas de las respuestas que se producen en nosotros antes de que podamos comprenderlas conscientemente. Podemos ver el ser humano como un sistema en el que cuerpo y la mente consciente e inconsciente están en interacción constante.
El cuerpo posee tres cualidades fundamentales que nos invitan a escucharlo de otra manera.
1. El cuerpo está siempre conectado al inconsciente
Mientras la mente consciente puede seleccionar, interpretar, justificar e incluso ocultar lo que sentimos, el organismo continúa respondiendo a nuestra experiencia.
Podemos decirnos que algo no nos afecta y, sin embargo, notar un nudo en el estómago. Podemos afirmar que estamos tranquilos mientras descubrimos que apretamos la mandíbula, contenemos la respiración o mantenemos los músculos tensos. Podemos no identificar una emoción y experimentar, aun así, sus manifestaciones físicas.
Esto sucede porque una parte importante del procesamiento de la información, de la regulación emocional y de nuestras respuestas automáticas no depende de una decisión consciente. El sistema nervioso aprende, anticipa peligros, reconoce señales y activas respuestas corporales sin que tengamos que intervenir deliberadamente.
El inconsciente siente y actúa a través del cuerpo.
Habitualmente imaginamos que primero pensamos algo, después sentimos una emoción y finalmente nuestro cuerpo reacciona. Pero la experiencia humana no funciona siempre en ese orden.
En ocasiones, la reacción aparece antes de que sepamos explicar qué la ha desencadenado. Podemos sentir una aceleración del corazón antes de identificar que tenemos miedo. Una persona puede tensar los hombros al entrar en un lugar que asocia, sin saberlo, con una experiencia desagradable. Otra puede sentir un nudo en el estómago al escuchar una voz que le conecta con una relación difícil. En estos casos, el organismo responde antes de que la persona haya elaborado conscientemente lo que está sucediendo.
Por eso, escuchar el cuerpo puede ayudarnos a reconocer aspectos de nuestra experiencia que todavía no hemos puesto en palabras.
Una respiración que se acorta, una sensación de opresión, una agitación repentina o una tensión persistente pueden convertirse en señales que merece la pena explorar. No son mensajes con un significado único ni demuestran por sí mismos la existencia de un conflicto inconsciente determinado; son pistas que podemos investigar con curiosidad, sin juzgarnos y sin sacar conclusiones precipitadas.
El cuerpo puede hacernos perceptible aquello que todavía no hemos comprendido conscientemente. Aprender a escucharlo nos ofrece una oportunidad para ampliar el conocimiento de nosotros mismos.
2. El cuerpo está siempre en el presente
La mente suele viajar continuamente en el tiempo del pasado al futuro y del futuro al pasado en bucle. Su principal “responsabilidad” es ofrecer respuestas. Enfrentada a incertidumbres futuras, la mente utiliza los recuerdos para afirmar que lo que sucedió volverá a pasar y creérselo como si fuera una verdad absoluta. Generalmente son predicciones catastrofistas. Oigo en consulta a muchas personas afirmar “no lo hago porqué se lo que va a pasar”. Suelo preguntar ¿Cómo lo sabes? Y me responden con argumentos basados en hechos que han ocurrido en el pasado.
Podemos revivir una conversación de hace veinte años, anticipar una desgracia que quizá nunca suceda o imaginar una situación futura con tanta intensidad que nuestro organismo responda como si estuviera ocurriendo ahora.
El cuerpo, sin embargo, solo puede respirar, latir, tensarse, relajarse y sentir en el instante presente. Esto no significa que esté desconectado del pasado o del futuro. Al contrario: las experiencias pasadas y las anticipaciones futuras pueden modificar profundamente nuestras sensaciones actuales. Pero es ahora cuando esas sensaciones se producen.
Podemos recordar una pérdida y sentir tristeza en este momento. Podemos imaginar una amenaza y notar que el corazón se acelera ahora. Podemos anticipar un encuentro difícil y descubrir que nuestro abdomen se contrae antes de salir de casa.
El cuerpo nos permite observar cómo la memoria y la anticipación están influyendo en nuestra experiencia presente.
Esta característica tiene un enorme valor terapéutico. Cuando dirigimos la atención a la respiración, a las sensaciones musculares, al contacto de los pies con el suelo o a los movimientos internos del organismo, podemos interrumpir momentáneamente el automatismo de nuestros pensamientos y observar lo que sucede en nosotros.
Volver al cuerpo es volver al momento en el que podemos observar, sentir y elegir nuestra respuesta.
3. El cuerpo nunca miente
Esta es quizá la afirmación más poderosa de las tres, siempre que comprendamos qué significa.
El cuerpo no necesita construir un relato para manifestar una reacción. Una persona puede negar conscientemente su miedo y, al mismo tiempo, experimentar temblores, sudoración o aceleración del corazón. Puede convencerse de que ha superado una experiencia y descubrir que ciertos recuerdos todavía le despiertan tristeza o rabia.
La mente consciente tiene recursos para racionalizar, minimizar, justificar o apartar de la atención aquello que resulta doloroso pero el inconsciente se manifiesta a pesar de nosotros y las respuestas corporales ocurren fuera de nuestra voluntad.
Hay ocasiones en las que una persona afirma una cosa mientras su cuerpo acompaña sus palabras de una manera contradictoria. Una sonrisa aparece fugazmente y desaparece; la mandíbula se contrae; la voz cambia de tono; los hombros se elevan; la respiración se interrumpe durante un instante.
Por eso, escuchar el cuerpo no consiste en interpretar cada síntoma como una verdad oculta, sino en reconocer que algo está sucediendo y merece nuestra atención.
La pregunta no tiene por qué ser: «¿Qué significa exactamente esta sensación?». Podemos empezar por otras más abiertas: «¿Qué estoy sintiendo?», «¿En qué situaciones aparece?», «¿Qué estaba pensando o viviendo cuando comenzó?» y «¿Qué necesito atender en este momento?».
Desde esta perspectiva, cuando decimos que el cuerpo nunca miente, expresamos una convicción terapéutica: las sensaciones que experimentamos son reales y merecen ser escuchadas, aunque la explicación que les demos inicialmente pueda ser incompleta o equivocada.

Aprender a escuchar el cuerpo
Las tres cualidades se complementan.
El cuerpo responde a procesos que no siempre son conscientes. Lo hace en el presente, aunque esas respuestas estén influidas por nuestra historia. Y nos ofrece una experiencia directa que podemos explorar sin necesidad de negarla ni de interpretarla precipitadamente.
Aprender a escucharlo supone desarrollar una relación más consciente con nosotros mismos: observar sin juzgar, reconocer sin reprimir y explorar sin dar por sentado que ya conocemos la respuesta.
No se trata de convertir cada molestia en un conflicto emocional ni de ignorar las necesidades biológicas del organismo. Se trata de comprender que nuestra experiencia humana integra procesos físicos, emocionales, cognitivos y relacionales que se influyen mutuamente.
A veces, el cuerpo expresa una emoción que todavía no hemos reconocido. Otras veces nos señala necesidad de descanso, hambre, dolor o una condición que requiere atención médica. En todos los casos, escuchar constituye el primer paso para responder adecuadamente.
El cuerpo no es un enemigo que debemos dominar ni una máquina que debemos obligar a funcionar. Es una parte esencial de nosotros mismos, una fuente de información sobre nuestra experiencia y un aliado al que podemos aprender a escuchar.
Es parte de un sistema humano integrado, en el que expresamos y vivimos aquello que somos, incluso lo que todavía no sabemos reconocer conscientemente.
Cuando el alma llora, el cuerpo grita.

Perder peso: ¿Controlar la conducta o transformar lo que la mantiene?
Esta distinción me parece fundamental.
Una intervención centrada en la conducta puede ayudar a una persona a establecer hábitos, regular determinadas respuestas y adquirir herramientas para afrontar situaciones difíciles. Controlar calorías y eliminar o favorecer alimentos en combinación con ejercicio físico son las estrategias, que utiliza mayoritariamente la sanidad, y pueden ser útiles y necesarias.
Pero no debemos confundir el aprendizaje de una conducta nueva con la transformación de todos los procesos emocionales que han contribuido a mantener la conducta anterior.
Pensemos en el trastorno obsesivo-compulsivo, que abordo en mi artículo TOC TOC TOC. En este trastorno, la persona experimenta pensamientos intrusivos que le generan miedo, angustia o una intensa sensación de responsabilidad. Para aliviar ese sufrimiento, realiza determinadas compulsiones como si fueran rituales. El alivio es solo temporal y contribuye a mantener el círculo obsesivo-compulsivo activo.
La terapia cognitivo-conductual con exposición y prevención de respuesta, uno de los tratamientos de primera elección para el TOC, ayuda a la persona a experimentar que puede afrontar la incertidumbre y la correspondiente angustia sin recurrir al ritual. Es una intervención respaldada por evidencia científica y puede producir mejoras notables pero el proceso implica un gran esfuerzo.
Pero también debemos preguntarnos qué sucede con las emociones, los significados y las creencias que acompañan a esos pensamientos. La reducción de los rituales no garantiza por sí sola que todas esas dimensiones hayan quedado transformadas.
Esto no significa que la exposición sea ineficaz cuando persiste cierta ansiedad. Puede generar nuevos aprendizajes y cambios duraderos incluso si el miedo reaparece. Significa que el resultado conductual y la transformación emocional son dimensiones relacionadas, pero no idénticas.
En la relación con la obesidad, se plantea la misma cuestión.
Una persona puede aprender a seguir una pauta alimentaria y un programa de actividad física y, al mismo tiempo, continuar viviendo la comida como un refugio emocional. Puede conseguir controlar determinados impulsos y seguir experimentando una lucha interior que le produce agotamiento, culpa o frustración.
¿No sería conveniente ofrecerle también un espacio terapéutico en el que pudiera comprender y sanar aquello que hace que la comida adquiera ese significado?
No propongo sustituir una intervención por otra. Propongo ampliar la mirada.
El objetivo no debería ser únicamente que la persona consiga controlarse, sino ayudarla a desarrollar una relación más saludable con su cuerpo, sus emociones y sus necesidades profundas.
El inconsciente personal y la historia familiar
Hay otro aspecto que considero relevante: no vivimos aislados.
Desde que nacemos, formamos parte de muchos sistemas como el país, la cultura o la religión y en primer lugar el sistema familiar. En él aprendemos formas de relacionarnos, expresar emociones, afrontar dificultades y comprender el mundo. Recibimos mensajes explícitos e implícitos sobre nuestro cuerpo, la alimentación, el afecto, el éxito, la culpa y el valor personal.

En las familias, a lo largo de generaciones, la comida puede representar abundancia, cuidado y protección pero también puede estar asociada a la recompensa, al castigo, a la escasez o a la obligación de terminar todo lo que hay en el plato. La relación familiar con la comida afecta a los descendientes y desemboca en salud o enfermedad, en bienestar y vitalidad o en infelicidad y lucha.
También podemos interiorizar modelos corporales, exigencias y juicios que condicionan la relación con nosotros mismos y con nuestro aspecto.
Desde la perspectiva sistémica, se explora cómo las relaciones inconscientes que la persona mantiene con los aspectos de su vida (familia y pareja, cuerpo y salud, etc.) han influido en ella y qué patrones mantiene.
En mi trabajo con constelaciones familiares y psicoterapia sistémica, considero también la posibilidad de que determinados conflictos y sufrimientos adquieran sentido dentro de una historia familiar más amplia. Esta perspectiva invita a investigar vínculos, identificaciones y lealtades inconscientes que la persona puede no haber reconocido.
No significa que la obesidad sea necesariamente consecuencia de un trauma familiar ni que exista una carga heredada detrás de cada dificultad con el peso. La investigación científica no permite establecer aún una explicación transgeneracional universal de la obesidad, pero en la psicoterapia práctica, la historia personal y familiar, especialmente la inconsciente, constituye una dimensión que suscita exploración terapéutica y suele ser un factor relevante para el sufrimiento de la persona.
La psicoterapia ericksoniana: trabajar con los recursos del inconsciente
La psicoterapia ericksoniana concede un lugar central a los recursos internos y a la capacidad de auto conocimiento, aprendizaje y auto ayuda de cada persona. Esto es esencial a la hora de tratar la obesidad y todas sus dimensiones porque lleva a manejar en vez de luchar, a comprender en vez de juzgar y a amar en lugar de rechazar.
Milton H. Erickson, psiquiatra y referente de la hipnosis clínica, desarrolló un enfoque terapéutico que utiliza, entre otros recursos, la atención focalizada, las metáforas, las sugestiones indirectas y la imaginación para facilitar nuevas perspectivas y respuestas internas profundas.
La hipnosis terapéutica es una herramienta que induce a la persona a construir la relación sana consigo misma. Enriquece su experiencia interna ofreciéndole nuevas perspectivas, crea nuevas organizaciones del pensamiento que favorecen la conexión con todos los recursos mentales y psicológicos. Se la denomina hipnosis generativa porque pone en marcha complejos procesos inconscientes que se desarrollan exponencialmente.
También se trata de abrir un espacio en el que la persona pueda conocerse amorosamente y aprender de su relación consigo misma. Todo lo que ocurre en nuestra vida tiene un propósito fundamental que sigue los designios de nuestro ser. Integrar nuevas perspectivas a las experiencias nos permite comprender, aprender y evolucionar.

Dejar de culpabilizar para empezar a comprender
Quien lleva años luchando contra su peso conoce bien el cansancio que produce volver a empezar una y otra vez. Puede haber probado numerosas dietas, incluso medicación o cirugía, haber procurado seguir los consejos bienintencionados para comer menos, moverse más o tener más disciplina.
Cuando los resultados no llegan o no se mantienen, es fácil que aparezcan la vergüenza, la frustración y la sensación de fracaso. Llegan las etiquetas auto impuestas, las condenas y la culpa inapelable, pasamos del amor al rechazo, del cuidado al castigo.
La persona que lucha contra la obesidad necesita que se la escuche y, sobre todo, debemos abandonar la idea de que necesita ser corregida porque no se esfuerza lo suficiente.
Sanar es recuperar una relación armoniosa con uno mismo
En mi libro Despierta tu poder sanador. Está en ti, propongo una visión integral del ser humano en la que mente, cuerpo y energía forman parte de un sistema interconectado.
Desde esta perspectiva, cuidar la salud implica cuidar el cuerpo y prestar atención a sus señales, pero también comprender las emociones y revisar las creencias que condicionan las decisiones además de desarrollar recursos físicos y mentales que favorezcan el bienestar.
No se trata de afirmar que todas las enfermedades tienen un origen emocional y mucho menos de atribuir a la persona la responsabilidad de haber enfermado. Las enfermedades tienen causas diversas y necesitan una atención correspondiente. La psicología no resuelve una infección pero la medicina con los antibióticos sí. Ahora bien, el papel de la salud mental en la capacidad de enfermar o sanar es ya innegable.
Además de adoptar actitudes adecuadas, como controlar las calorías o hacer ejercicio, para perder peso, se trata de reconocer así mismo que la experiencia emocional y la relación con nosotros mismos importan absolutamente.
Cuando una persona aprende a escucharse sin juzgarse, puede empezar a distinguir entre hambre, deseo, necesidad de consuelo, cansancio y otras sensaciones que antes experimentaba de forma confusa. Puede reconocer qué situaciones le generan malestar, qué respuestas ha aprendido y qué alternativas desea desarrollar. Puede darse cuenta de qué creencias sobre sí misma condicionan radicalmente la relación que mantiene con su cuerpo y con la comida.
Es decir que podemos descubrir quiénes somos detrás de las apariencias y recobrar el poder personal sobre nuestras vidas. El autoconocimiento amoroso lleva siempre al amor incondicional por uno mismo. Esa es la auténtica sanación. Así se alcanza la armonía interna que lleva a la salud plena.
Una enfermedad multifactorial requiere una mirada sistémica
La autoridad sanitaria reconoce que la obesidad es multifactorial. Sin embargo, ¿hasta qué punto esa concepción se traduce en una atención verdaderamente integral?
La atención médica puede evaluar el metabolismo, identificar enfermedades asociadas y valorar los tratamientos farmacológicos. La intervención nutricional puede ayudar a establecer una alimentación adecuada. La actividad física adaptada puede mejorar la salud y el bienestar.
Y la psicoterapia, cuando se usa, puede abordar la relación emocional con la comida, los problemas de imagen corporal, los aprendizajes adquiridos, las creencias heredadas y los patrones que dificultan los cambios.
El problema aparece cuando estos componentes se ofrecen de forma fragmentada, cuando el acceso a la atención psicológica es insuficiente o cuando se espera que el paciente resuelva por sí solo las dificultades que encuentra en su relación emocional con la comida.
Una perspectiva sistémica no consiste simplemente en sumar factores en una lista. Consiste en observar cómo se relacionan esos factores, cómo se influyen mutuamente y qué función desempeña cada uno en la situación concreta de una persona. La sistémica va de observar y comprender los desequilibrios en las relaciones que mantienen los factores/elementos entre sí y su rol en un determinado sistema, el cual a su vez es un elemento en otros/s sistema/s.
El hambre fisiológica, las creencias, la regulación emocional, los hábitos, el entorno familiar, las condiciones económicas, el sueño y los mecanismos metabólicos no son variables independientes y, además, interactúan de maneras distintas en cada individuo.
Si se reconoce que la obesidad es una enfermedad crónica y multifactorial, debería garantizarse una evaluación integral que permita identificar las necesidades psicológicas de cada paciente y facilitar el acceso a la intervención adecuada.
El proceso terapéutico ericksoniano y sistémico no busca garantizar una pérdida de peso inmediata, pero enseña rápidamente a mejorar las relaciones que mantenemos con todos los aspectos de nuestra vida y de nuestra personalidad, lo que resuelve significativamente el sufrimiento y facilita cambios sostenibles.
El objetivo no es alcanzar un cuerpo ideal ni vivir sometidos a una vigilancia permanente. Es recuperar la posibilidad de cuidarnos desde el respeto, el agradecimiento y el amor en lugar de hacerlo desde el miedo, la lucha y el castigo.
¿Qué debería ofrecer una atención sanitaria verdaderamente integral?
La campaña que me llevó a escribir este artículo transmite un mensaje necesario: no debemos exigir más esfuerzo a una persona sin preguntarnos qué está dificultando su proceso. Pero decir «acude a tu médico» debería ser el principio de una respuesta, no el final.
Según mi experiencia, una atención integral eficaz de la obesidad debe incluir :
- Una evaluación médica completa, que investigue los factores biológicos y metabólicos pertinentes y permita valorar las opciones terapéuticas disponibles.
- Un acompañamiento nutricional individualizado, alejado de las dietas punitivas, y adaptado a las necesidades y posibilidades de cada persona.
- Una evaluación psicológica accesible, que identifique las dificultades emocionales, los patrones alimentarios problemáticos y proponga intervenciones psicoterapéuticas adecuadas.
- Una perspectiva sistémica, que considere las relaciones personales, los aprendizajes familiares, el entorno y las condiciones de vida, sin presuponer una causa única.
- Un seguimiento continuado, porque la obesidad es una condición compleja y el cuidado de la salud no debería reducirse a una sucesión de intentos individuales.
No todas las personas necesitarán todas estas intervenciones. Precisamente por eso es importante evaluar, escuchar y personalizar.
La pregunta fundamental no es cuánto debe esforzarse alguien para adelgazar, sino qué necesita esa persona para cuidar su salud física y mental para mejorar su calidad de vida.
Una invitación a mirar más profundamente
Quizá haya llegado el momento de dejar de contemplar el cuerpo como un adversario al que debemos vencer y empezar a entenderlo como parte de un sistema vivo que merece nuestra atención.
Podemos modificar conductas, adquirir hábitos y aprender a regular nuestras respuestas. Pero también podemos investigar qué significan nuestras emociones, qué creencias condicionan nuestras decisiones y qué experiencias han contribuido a construir nuestra relación con nosotros mismos expresada en el sobrepeso. ¿Qué carga estamos soportando y para qué seguimos llevándola a pesar del sufrimiento?
También podemos ampliar nuestra mirada y dejar de confundir la complejidad humana con una falta de voluntad. La verdadera intención no debe ser cómo obligar al cuerpo a cambiar, sino cómo ayudarnos a construir las condiciones físicas, emocionales y relacionales que favorezcan nuestra salud.
Porque sanar no consiste únicamente en eliminar un síntoma o controlar una conducta. También significa comprendernos mejor, recuperar recursos internos y aprender a vivir con nosotros mismos de una manera más amorosa y armoniosa.
Y esa posibilidad merece tener un lugar real en la atención sanitaria.
Con afecto,
Sophie Hardy
Psicoterapeuta
Autora de Despierta tu poder sanador. Está en ti (Editorial Obelisco)
