Lo que llamamos realidad es solamente nuestra interpretación de lo que ocurre, una construcción de nuestra mente. No la construimos sobre hechos constatados sino según nuestras creencias.
Nuestras creencias son las que definen nuestra realidad porque marcan los límites de lo que podemos o no podemos hacer y de lo que nos merecemos. También las usamos para predecir el futuro y colmar de sentido lo que vivimos en nuestras relaciones.
Cuántas veces durante una terapia alguien me ha dicho “no le llamo porque sé lo que me va a decir” o “esto no lo voy a hacer porque sé lo que va a pasar”. A lo que siempre pregunto: ¿Y cómo lo sabes? Y la respuesta siempre acaba siendo del tipo “porque ya ha pasado” o “porque le conozco”. La mente siempre busca eficacia y, ante lo que desconoce, tira de sus experiencias del pasado para ofrecer hipótesis de futuro. Lo malo es que la mente cree como verdadero lo que solo es fruto de su imaginación.
Esto no es gratuito, sino un intento de eficacia. La mente se rige principalmente por el miedo y la duda y procura aplacarlos ofreciendo un sentido a lo desconocido y respuestas sin fundamento. Ante una incógnita, la mente recurre a la creencia y le da valor de certeza para dar respuesta a lo que ha ocurrido, lo que está ocurriendo o lo que ocurrirá.
Es fundamental darnos cuenta de que existe este mecanismo que nos invita a tomar como cierto lo que imaginamos.

Creer es crear
Cuando dices “Yo creo” estás anunciando que tienes una creencia y también que estás creando. Realmente estamos permanentemente co-creando lo que ocurre en nuestras vidas.
Esto es así porque la misión de tu mente es proporcionarnos respuestas. La mente recoge toda la información que le llega por los diversos canales sensoriales (los cinco sentidos conocidos y también el sexto sentido llamado intuición).
Pero este proceder tiene sus limitaciones y debilidades. Esos filtros para discriminar lo útil de lo prescindible tienen sesgos y sus mecanismos están sometidos a los condicionamientos culturales o morales. La mente es altamente sugestionable. Sobre todo, la mente se cree sus creencias y las tiene por verdades absolutas.

Creencias de sabiduría
Como he venido explicando, la realidad a la que nos referimos es solamente nuestra interpretación personal de lo que ocurre. Cada persona tiene una interpretación diferente. Comprender eso nos ayuda a manejar adecuadamente nuestras relaciones.
Con esta toma de conciencia podemos dejar de aceptar como verdad absoluta lo que pensamos (creemos) de la realidad ya que nuestra representación de ella es limitada y subjetiva. El territorio representa la realidad objetiva y el mapa es nuestra interpretación subjetiva.
Una interpretación subjetiva que solemos hacer es generalizar. En efecto, tendemos a utilizar términos como “nunca” o “siempre” cuando peleamos o para referirnos a nuestras experiencias.

Cuando la creencia es en positivo, favorece; pero si es negativa, bloquea, limita o hace sufrir.
Pongo mi ejemplo personal: mi padre me dijo cuando era adolescente y había preguntas sobre el rumbo de mis estudios o de mi vida futura “eres apta para todo y buena para nada”.
Hoy esa creencia no ha desaparecido sino que ha cambiado, se ha transformado en “apta para todo y buena para nada cuando no me lleva el corazón”. A diferencia de mi creencia primera que me limitaba y me hacía sufrir, mi nueva creencia me apoya, me refuerza y me impulsa.
Para cambiar una creencia cuando la descubres en ti, pregúntate:
- ¿De dónde o de quién me viene? Identifica los lazos emocionales que te atan a ella para poder soltarlos.
- ¿Me favorece? Considera las implicaciones que tiene en tu bienestar y realización personal.
- ¿Qué precio pagaré si la mantengo? Observa su impacto en todas las áreas de tu vida.
- ¿Cómo me hace sentir? Identifica tanto la sensación como la emoción asociada a ese pensamiento.
- ¿Qué opciones tengo?
Ahora, solo te queda decidir cambiar esa creencia que no te apoya o te limita por otra creencia que sí te favorezca. Puedes crearla partiendo de tres afirmaciones básicas: Merezco – Es posible – Puedo.

Con afecto,
Sophie
