La Infancia Hipersexual

La Infancia Hipersexual

Los niños y jóvenes están bombardeados por una información altamente perniciosa que distorsiona y pervierte su relación con la sexualidad. ¿Cómo manejar esto?

Algo que los adultos generalmente ignoramos es que la industria del porno tiene un poder desmedido sobre niños y adolescentes y sus efectos catastróficos se manifiestan cada día más. Agresiones sexuales, prácticas de riesgo, relaciones cínicas, entre otras muchas consecuencias, son formas habituales de relacionarse con su sexualidad que los jóvenes han aprendido, no de su familia y entorno docente, sino de los mensajes que les llegan, que comparten entre sí, por múltiples canales, en internet y en sus redes sociales y chats.

La cruda realidad es que los niños empiezan a consumir porno desde los 9 años porque se la encuentran. Ellos no buscan el porno, el porno les encuentra a ellos.

Sus mensajes ofrecen imágenes especialmente chocantes para llamar su atención y conseguir que pinchen en el correspondiente enlace. El porno consigue atraer a sus “clientes” utilizando la innata fascinación por lo sensacional. Aprovechan el poder de atracción de una poderosa combinación: Sexo, Sangre y Sensacionalismo.

Más de la mitad de los chicos y chicas creen que el porno les sirve para aprender y procuran aplicarlo en la vida real. Esto les lleva a creer cosas como que el sexo es la penetración vaginal, anal o bucal con fuerza y sin condón, la felación sistemática, o la eyaculación, principalmente en la cara.

Una prestigiosa revista de economía refiere que existen entre 700 y 800 millones de páginas porno y que cada una contiene entre 8 y 12 millones de vídeos destinados a satisfacer las más brutales, aberrantes, perversas o escatológicas fantasías realizadas con cualquier tipo de pareja, de cualquier edad, parentesco o especie.  Uno de cada 4 niños españoles habrá visto una media de entre 1.000 y 5.000 horas de porno antes de los 20 años.

A partir de los 12 años, ya casi el 50% de los jóvenes lo consumen habitualmente y, a partir de los 15 años, son casi el 90%. Para ellos y ellas, el porno se ha convertido en un producto de uso cotidiano que refleja conductas normales. Los adolescentes más jóvenes parecen responder con mayor fuerza a la pornografía basada el tema del afecto, mientras que los adolescentes mayores responden con más fuerza a la pornografía basada el tema de la dominación.

Hay que saber que el porno es un super estímulo que dispara la dopamina y resulta más adictivo que la cocaína. En efecto, el cerebro tiene un sistema de placer-recompensa que le induce a repetir aquello que resulta placentero, como comer o el sexo. Este sistema está situado en el cerebro límbico, el más primitivo, y sus neuronas, cuando detectan que algo puede ser bueno, segregan neurotransmisores que generan una sensación de placer. Esto está asociado a la memoria que recuerda que algo es placentero y, siempre que haya una opción de repetirlo, lo querrá hacer.

La sexualidad es una actividad basada en un equilibrio entre excitación e inhibición. El cerebro límbico quiere hacer algo, pero el córtex prefrontal lo frena porque sabe evaluar las consecuencias. Este mecanismo suele funcionar en los adultos, pero en los niños y adolescentes, el córtex prefrontal no tiene la madurez suficiente para que puedan inhibirse adecuadamente.

Así, vemos cómo el éxito social de los chicos radica en su capacidad de “empotrar”, como se vanaglorian de “romperle el cu..” o alardean de “echárselo todo en la cara” y, el de las chicas, en presumir de dejar que lo hagan o de practicar en felaciones porque significa gustarles.

Las consecuencias se manifestarán en la edad adulta tanto en su cuerpo como en su personalidad. Afectarán sus emociones, sus pensamientos y su conducta. Su impacto mermará sus habilidades sociales, su capacidad para resolver problemas, establecer metas, tomar decisiones conductuales efectivas y su competencia moral.

Tendrán estados de ánimo cambiantes, sentirán más vergüenza y temor a las personas significativas de su vida. Sufrirán el deterioro de sus relaciones interpersonales por desconfianza hacia sí mismos y hacia su entorno.

El porno es además la más amplia y máxima expresión de la cosificación y el machismo expresado con dominación y violencia contra la mujer. Desconectados de las relaciones basadas en la empatía, el respeto y la compasión, chicos y chicas aceptan y reproducen este modelo como una conducta adecuada.

Naturalmente, vemos horrorizados como nuestra juventud está inmersa en universos reales y virtuales espeluznantes que nos hacen sentir impotentes. Aunque muchos adultos están también perdidos en el inframundo de la sexualidad distorsionada, en general tenemos conocimientos y una experiencia relativamente sana que nos proporcionan elementos de juicio para evaluar el impacto de nuestras decisiones. En cambio, los niños y jóvenes carecen de criterio, conocimientos y experiencia y solo pueden creer en aquello que se les muestra, de infinitas formas y por innumerables medios, como adecuado y normal para la expresión de sus impulsos naturales.

¿Cómo manejamos este problema en toda su complejidad?

No son pocos los que claman por mantener los viejos hábitos de silencio u omisión e impedir que el conocimiento sexual sea una materia educativa. Eso implica luchar contra la expansión con la represión.  Esta es una reacción natural y previsible. Por defecto, nuestra mente nos impulsa a querer aquello que conocemos, más por miedo a soltar lo conocido que por temor a lo desconocido.

Pero es un modelo absolutamente ineficaz que solo contribuye a mantener el movimiento pendular entre fuerzas opuestas en un universo regido por la bipolaridad. Para el equilibrio de un sistema, es necesario que exista una relación fluida entre los opuestos lo que significa que no debe prevalecer ni uno, ni otro.

Si aplicamos esta dinámica a cómo manejar la sexualidad de los jóvenes, vemos que la respuesta no puede ser reprimir totalmente ni permitirlo todo, sino prohibir ciertas cosas, pero permitir otras.

Así, será bueno prohibir, por ejemplo, conductas aberrantes por el sufrimiento que conllevan como compartir contenidos degradantes en redes sociales, pero también permitir conductas naturales, como es practicar el sexo seguro con el uso de condón.

Otro aspecto que avala esta tesis es el orden natural que preside un sano funcionamiento de los sistemas. Una de sus leyes inmutables es el “derecho de pertenencia” que establece que cualquier elemento de un sistema tiene siempre su lugar en el sistema. Un sistema no permite la exclusión, en este caso, la exclusión de la sexualidad de los jóvenes que forma parte, no solo de su sistema personal, sino del sistema familiar y social.

No hablar de sexualidad, no permitir que se exprese, es una exclusión que pone forzosamente en marcha fuerzas contrarias. Ante el silencio, la curiosidad se exacerba. Ante el rechazo, la rabia se manifiesta. Ante la represión, la transgresión cobra más fuerza.

Debemos comprender para aprender y evolucionar.  La sexualidad es mucho más que su finalidad reproductiva, es un pilar fundamental de las relaciones humanas. En su vertiente positiva es la expresión del amor entre dos personas o un intercambio placentero de sensaciones y energías. En su vertiente negativa, el sexo sirve para dominar y violentar, para someter con chantajes, para satisfacer oscuros anhelos.

Es indudable, somos sociedades sexuales constituidas por seres sexuales. A tenor de lo que hemos aprendido de nuestra historia, vemos que tenemos la oportunidad de sanar nuestra relación con la sexualidad para que no se sigan dando dinámicas como, por ejemplo, la que ha mantenido la religión con la sexualidad de sus sirvientes y feligreses, llevándola a incubar inconfesables secretos de abusos o a favorecer la creación de familias indeseadas.

El movimiento pendular de nuestra historia nos sitúa ahora en el punto en el que venimos de siglos de férrea represión sexual ejercida mediante la implantación de creencias, valores y códigos morales y estamos inmersos ahora una época de hipersexualidad, ensalzada en todos los estamentos de nuestra vida cotidiana, desde la moda, la cultura y las relaciones, hasta los cuidados estéticos e incluso la salud.

Para afrontar una educación sexual global que involucre a los progenitores, a los enseñantes, a los medios de comunicación y a la clase política, es preciso considerar la sexualidad desde la perspectiva sistémica para darle su lugar adecuado en nuestros sistemas sociales como son la familia, el entorno, el país, la escuela, etc. Para crear el necesario equilibrio, es imprescindible evitar ejercer una fuerza contraria extrema. No podemos combatir la hipersexualidad desde el rechazo y mediante la represión sino manejarla desde la comprensión y con la educación.

Los adultos necesitamos aceptar la responsabilidad de guiar a los más jóvenes en el descubrimiento y el manejo de su sexualidad. Esta responsabilidad pasa por ayudarlos a adquirir criterios sanos que les permitan filtrar y discernir para poder decidir lo que van a aceptar de lo que el porno y la industria del sexo les tratan de imponer.

Los niños siempre creen a sus mayores, sean padres, profesores o, en su versión virtual, Internet. Si se le dice que Papá Noel y el ratoncito Pérez existen, se lo creen. Si se les enseña que el sexo es algo de lo que no se puede hablar, se lo creen y dejan de preguntar. Si se les muestra que las conductas sexuales degradantes o aberrantes son normales, se lo creen. La industria multimillonaria del porno aprovecha esta circunstancia para bombardearles, conscientes de que este público no tiene el apoyo adecuado ni posee los filtros necesarios para saber discernir la calidad y las implicaciones de sus contenidos. Para manejar esto, es necesario ayudarles a formular nuevas creencias creíbles, acordes con su naturaleza sexual.

Esto nos lleva a considerar a otros sistemas implicados, el de los adultos a cargo de la educación de niños y jóvenes. ¿Qué van a enseñar sobre sexualidad? ¿Aquello que se les ha enseñado cuando la relación con el sexo estaba constreñida por la represión y silenciada por determinadas creencias? Nadie puede enseñar lo que no sabe, todos transmitimos aquello que hemos recibido.

Por tanto, la educación pasa por educar a quiénes van a educar. Surge entonces la pregunta: ¿Qué necesitan aprender los que enseñan y educan?

DIRECTRICES GENERALES

  1. INCLUIR la sexualidad de los jóvenes como un elemento natural que necesita su lugar en la relación con los padres.

Es imprescindible hablar de sexo con ellos e invitarles a plantear sus preguntas porque tienen muchas. Viven su etapa de despertar sexual, natural e inevitable, con dudas, emociones nuevas y pulsiones irresistibles. Si los jóvenes no sienten la confianza necesaria para hablar de esto con sus mayores, conseguirán la información de otros jóvenes tan inexpertos como ellos, o, peor, de adultos movidos por oscuras intenciones que se aprovecharán de su desconocimiento e inocencia.

EVITAR aplicar medidas extremas que provoquen reacciones contrarias también extremas.

Ni la represión, ni el rechazo, ni el silencio, son soluciones adecuadas porque los llevan a sufrir el peso del secreto, de la angustia, de la culpa o de la frustración que degenera en rabia y violencia. La represión es tan nefasta como la hiper exposición. Ambas medidas, por ser extremas, provocan siempre reacciones extremas. Así opera la perenne ley pendular.

  1. PROMOVER relaciones sexuales que manifiesten un equilibrio entre dar y recibir y donde los protagonistas se benefician igualmente.

Hablar a los jóvenes y niños de sexo, es hablarles de mantener una relación, tanto si es con terceras personas, como si es con sigo mismos. Sistémicamente, las relaciones personales están siempre sometidas a la Ley de equilibrio entre dar y recibir. Uno da y otro recibe en lo bueno y en lo malo. Para que haya un verdugo debe haber una víctima. Los jóvenes necesitan poder discernir qué papel desempeñan en una relación sexual. Las chicas que normalizan el aceptar (para gustar), por ejemplo, el sexo anal o la penetración grupal, deben poder reconocerse en un papel que no es ni bueno, ni justo para ellas. Tienen derecho a disfrutar plenamente de un sexo que les guste verdaderamente.

Los niños que se enorgullecen de poder “romperle el cu…” o “empotrar” al máximo posible de compañeras deben poder llegar a sentir empatía y respeto por quienes comparten sexo con ellos. Necesitan saber que la sexualidad es mucho, mucho más que el acto en sí. Deben comprender que dar placer y recibir placer duplica el placer. Esto pasa por mostrarles que la actitud adecuada es darse cuenta de que la otra persona busca lo mismo y con el mismo derecho.

Es un pacto entre iguales. Si el chico considera a la chica como una “zorra, guarra, etc.”, eso le convierte a él en un “cabrón, guarro, etc.”. ¿Es así como desea ser?, ¿Por qué?, ¿Quién lo dice?

Si la chica cree que es normal tener sexo con quien no le atrae o tener que realizar determinadas prácticas que ella no elegiría de buena gana, eso la convierte en víctima. ¿Es eso lo que merece?, ¿Por qué?, ¿Quién lo dice?

El porno implanta modelos sexuales ideales, pero en lo negativo. Es necesario exponerles a otros modelos en lo positivo, como apelar al erotismo, inducirles a la experiencia sensorial más allá de los genitales, seducirles con el intercambio de placer mutuo, llevarlos a sentir curiosidad por lo que ambos pueden crear juntos.

Educarlos es darles alas para recorrer su propio camino de aprendizaje de la mejor forma posible, y darles también raíces para anclarse en lo que les enseñamos inspirados por nuestros errores y aciertos, por nuestras flaquezas y fortalezas. Educar es inculcarles el respeto y la empatía, el amor, en definitiva, por sí mismos y por otros.

Naturalmente, para poder llevar a cabo su misión, los educadores también deben imperativamente enfocarse en manejar la sexualidad de sus jóvenes imbuidos por el respeto y la empatía, por el amor, en definitiva, que se les quiere inculcar.

Con afecto,

Sophie

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